Octubre 21, 2026 #Columnas y Entrevistas #Entrevistas

María Teresa Ruiz, astrónoma: “No hay otro lugar en el mundo con los cielos que tiene Chile”

La astrónoma chilena, de amplia trayectoria y reconocida como una de las mejores de Chile y Latinoamérica, mostró su orgullo por pertenecer al proyecto Somos Chile y destacó el rol fundamental del país para la astronomía mundial.

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Ganadora del Premio Nacional de Ciencias Exactas en 1997 y el Premio L’Oréal-UNESCO a Mujeres en Ciencia en 2017, María Teresa Ruiz ha dedicado su vida a la astronomía, donde alcanzó importantes logros como el descubrimiento de dos nebulosas planetarias en el halo de nuestra galaxia y la enana café en las proximidades del sistema solar llamada Kelu-1. 

Como consecuencia de ello, la científica es reconocida también como un referente para las mujeres que quieren dedicarse a las ciencias, ya que fue la primera mujer en estudiar astrofísica en Princeton y la primera presidenta de la Academia Chilena de Ciencias. Hoy, está dedicada a la docencia y a la divulgación científica en distintos ámbitos. 

Su rostro y trayectoria darán la bienvenida a millones de pasajeros en el Terminal Internacional del Aeropuerto. ¿Qué significa para usted que el recuerdo inicial o final de Chile esté ligado a la astronomía y el conocimiento? 

Me parece fantástico. Toda mi vida he intentado divulgar la astronomía y la observación del universo tanto en Chile como en el extranjero, destacando el valor de nuestros cielos. Contamos con condiciones privilegiadas para la observación astronómica y me alegra profundamente que quienes nos visitan lo descubran desde el momento en que pisan nuestro país.

Chile es una potencia mundial en astronomía. Desde su rol como embajadora científica, ¿cuál es la relevancia de esta disciplina para proyectar al país internacionalmente?

Es algo sumamente único. Es decir, no hay otro lugar en el mundo que tenga los cielos que tiene Chile. Esto ha atraído inversiones multimillonarias para instalar los observatorios más avanzados del mundo. Nuestros cielos tranquilos, oscuros y transparentes nos convierten en la ventana principal hacia el cosmos. Más que orgullo, debemos sentirnos profundamente privilegiados, es un regalo natural que supimos descubrir y que hoy tenemos la responsabilidad de proteger.

¿Qué percepción tienen los científicos e instituciones internacionales sobre el potencial de Chile?

Existe una enorme admiración y una sana envidia. Muchos colegas extranjeros sueñan con desarrollar su ciencia aquí, pues reconocen que Chile es el mejor escenario posible para la investigación astronómica. Es un fenómeno que traspasa el ámbito académico. En una ocasión, conversando con un taxista en Grecia, al enterarse de que era astrónoma, de inmediato reconoció a Chile por el Desierto de Atacama. Es sorprendente cómo la calidad de nuestros cielos genera impacto y reconocimiento en los rincones más diversos del mundo, desde Europa hasta China.

¿Qué mensaje le gustaría transmitir al viajero que escanea su imagen en el aeropuerto y se detiene a conocer su historia? 

Primero que todo, una calurosa bienvenida. Chile es un territorio fascinante que alberga casi la totalidad de los ecosistemas naturales imaginables: desde los hielos antárticos y los fiordos australes, hasta bosques nativos, ríos prístinos y el árido desierto de Atacama.

Sin embargo, a ese patrimonio natural debemos sumar nuestro ecosistema celeste. Quienes habitamos el hemisferio sur gozamos del privilegio de tener el centro de la Vía Láctea justo sobre nuestras cabezas, además de las Nubes de Magallanes, dos galaxias satélites invisibles desde el hemisferio norte. Esta perspectiva astronómica única es la que ha atraído a los centros científicos más importantes del planeta, convirtiendo a Chile en la ventana principal del mundo hacia el cosmos.

¿Por qué la ciencia y la exploración espacial deben ser pilares fundamentales de la identidad e imagen internacional de Chile?

Porque constituyen una ventaja comparativa sin igual. La astronomía ha calado profundamente en nuestra identidad cultural. Hace cinco décadas, cuando le comenté a mi familia que estudiaría esta disciplina, la confundían con el horóscopo. Hoy, la ciudadanía y especialmente las nuevas generaciones comprenden el valor de la ciencia y se apasionan por ella.

Divulgar el conocimiento científico nos fortalece como sociedad. La ciencia es el motor de los grandes avances de la humanidad y nos brinda herramientas críticas para discernir entre el rigor empírico y la simple fantasía. Comprender el universo no solo posiciona a Chile como un referente global, sino que nos convierte en una comunidad más culta y consciente del lugar que ocupamos en el cosmos.

Este proyecto busca inspirar a las futuras generaciones. Si pudiera mirar al Chile del futuro a través de un telescopio, ¿qué legado le gustaría que nuestro país le entregue al mundo?

Desearía que como seres humanos desarrollemos una visión más profunda y de largo plazo. Una perspectiva que nos impida seguir mirándonos el ombligo o desgastándonos en las rencillas del día a día. Debemos comprender que la humanidad entera forma parte de un proceso evolutivo cósmico que comenzó con el Big Bang.

Hoy, por primera vez en la historia, la especie humana tiene la capacidad de moldear su propio destino frente a transformaciones disruptivas como la inteligencia artificial. Para no ser arrollados por estos avances y saber aprovecharlos, necesitamos mentes abiertas y una educación sólida. En ese sentido, mirar el cielo chileno y asumir que somos apenas un punto en medio de un universo con miles de millones de galaxias nos otorga la madurez necesaria para preservar nuestra existencia.

Por último, ¿qué significa para usted ser chilena?

Ser chilena es mi impronta de origen. Me apasiona mi país porque compartimos una complicidad inmediata: cuando subo a una micro o camino por la calle, reconozco la vivencia del otro. Nos une una resiliencia única moldeada por la fuerza de la naturaleza, entre terremotos e inundaciones.

Sin embargo, esa identidad local se conecta también con algo más amplio. Haber vivido en Estados Unidos, Europa o México me demostró que existe una cercanía latinoamericana muy fluida y, en última instancia, una empatía universal. Mi trayectoria y la astronomía me han enseñado, por sobre todo, a valorar la riqueza humana sin importar la frontera.