Dedicada a capturar los paisajes nocturnos más extraordinarios del planeta, la chilena reconocida por la NASA y prestigiosas publicaciones internacionales, reflexiona sobre su oficio a través de una mirada que conecta ciencia, arte y conciencia ambiental.
Nacida fuera de Chile, pero profundamente conectada con sus cielos, Cari Letelier creció observando las estrellas con fascinación y hace ocho años decidió dejar atrás el mundo corporativo para dedicarse por completo a capturar la belleza del universo, convirtiéndose en una reconocida astrofotógrafa, que recorre el planeta retratando cielos oscuros y fenómenos celestes, obteniendo premios internacionales, menciones de la NASA y un lugar en la lista de los 50 chilenos más creativos de Forbes.
En paralelo imparte clases, colabora en proyectos de divulgación científica y promueve el turismo astronómico, convencida de que mirar hacia arriba transforma nuestra forma de estar en la Tierra.
¿Cómo descubriste tu pasión por la astrofotografía?
La verdad es que no fue un camino recto. Venía de un mundo muy estructurado: soy ingeniera civil industrial, con un máster y años de trabajo en logística. Pero algo en mí siempre buscaba algo más esencial, más conectado con lo profundo.
Un día vi en el noticiero que habría una lluvia de estrellas. Tenía una cámara réflex que no sabía usar, pero se me ocurrió intentar fotografiarla. Fue un fracaso total: no salió ni una estrella. Sin embargo, esa frustración despertó una curiosidad enorme. Quise entender el cielo, aprender a fotografiarlo… y así comenzó todo.
Lo más lindo de todo fue descubrir que podía compartir esta pasión. Porque no hay nada como ver a alguien mirar hacia arriba y entender —de verdad— lo que está viendo. Ese cambio de perspectiva puede ser transformador.

¿Por qué conocer los cielos es relevante para el futuro de la Tierra y la humanidad?
Porque conocer el cielo es, en el fondo, conocernos a nosotros mismos. Cuando miramos hacia arriba con conciencia, entendemos que somos parte de un sistema mucho más grande y complejo. Nos damos cuenta de nuestra pequeñez, sí, pero también de nuestra responsabilidad.
Observar el cielo nos enseña paciencia, perspectiva y humildad. Nos recuerda que la Tierra es nuestro único hogar y que no podemos seguir mirándonos el ombligo como especie. Si queremos un futuro más sostenible, más justo y más consciente, necesitamos reconectar con lo esencial. Y el cielo —ese que está ahí todos los días y todas las noches, esperando que lo miremos— es uno de los caminos más hermosos para hacerlo.
¿Cuáles han sido los cielos que más te han impactado?
Es súper difícil elegir, ¡cada cielo oscuro tiene su propia magia! Pero si tengo que elegir dos, el primero sería el cielo del desierto de Atacama. Me impactó profundamente: la nitidez, la transparencia, la cantidad de objetos celestes visibles… Recuerdo haber visto cómo la constelación del Escorpión proyectaba sombra sobre el suelo, ¡una locura!
El segundo sería el cielo de Islandia, especialmente cuando hay auroras. Siempre que voy, me impresiona la altura del polo norte celeste: ¡está a 64° de elevación! Además, ver constelaciones tan distintas a las del hemisferio sur, encontrar la galaxia de Andrómeda tras una aurora o presenciar una lluvia de meteoros bajo ese cielo… es una experiencia que no se olvida.
Desde su propia perspectiva
A través de su experiencia, Cari también ha reflexionado sobre el lugar que ocupa en un campo históricamente masculinizado, y cómo su enfoque —ligado a la emoción, el relato y el vínculo con la Tierra— aporta una dimensión distinta a la astrofotografía.
¿Enfrentas desafíos especiales al dedicarte a la astrofotografía siendo mujer?
Sí, los hay. Aunque cada vez somos más mujeres en este campo, sigue siendo un entorno bastante masculinizado, sobre todo cuando se combinan fotografía, ciencia y exploración en terreno. A veces una tiene que esforzarse el doble para que te tomen en serio.
También está el desafío de trabajar muchas veces sola en lugares remotos, con frío extremo y largas jornadas nocturnas. Pero lejos de ser una barrera, ha sido un motor. Ver cómo otras mujeres y niñas se acercan al cielo, se entusiasman con la astrofotografía o se animan a salir con su cámara a la noche, es profundamente emocionante.
¿Existe una forma de mirar los cielos que sea particular de las astrofotógrafas?
No sé si hay una única forma femenina de mirar el cielo, pero sí siento que quienes hacemos astrofotografía desde una sensibilidad más conectada con lo emocional, lo simbólico o lo narrativo, aportamos una mirada distinta.
En mi caso, no me interesa capturar el cielo como un objeto aislado, sino en diálogo con el paisaje, con la Tierra, con lo humano. Porque cuando conoces, cuando entiendes lo que estás viendo, cambia tu forma de mirar. Y ahí es donde la astrofotografía se vuelve una herramienta potente para enseñar, para inspirar y para motivar a otras personas a conectarse con el cielo —y con su propia curiosidad— de una manera más consciente.