A las cuatro de la mañana, después de ganar el primer oro olímpico de la historia de Chile, Nicolás Massú estaba en la Villa Olímpica comiendo una pizza. Todavía no alcanzaba a dimensionar lo que acababa de ocurrir. Unas horas antes, junto a Fernando González, había jugado casi cuatro horas para conquistar el oro en dobles.
La noche había comenzado con González ganando el bronce en singles, después de un partido que terminó 16-14 en el tercer set. Apenas tuvo tiempo para descansar antes de volver a la cancha con Massú. Juntos resistieron hasta la madrugada y escribieron la primera página dorada de Chile en unos Juegos Olímpicos.
Y en medio de esa jornada histórica apareció otro detalle que parece salido de una película: Massú olvidó sus medallas en la Villa Olímpica. González las había guardado y se las devolvió.
Se conocían desde niños y habían construido sus carreras en un deporte donde cada partido se juega prácticamente en soledad. Pero en Atenas encontraron algo distinto: una forma de confiar, resistir y ganar juntos. Por eso su historia permanece mucho más allá de las tres medallas: porque aquella vez, dos de las mejores raquetas de Chile dejaron de jugar cada uno por su cuenta y jugaron por algo que los trascendía a ambos.
Fuente: La Tercera
