Antes de ser Don Elías, fue un niño enfermizo al que su madre cuidaba para que no corriera demasiado, pero el pequeño se empeñó en practicar fútbol. Pasó por el arco y el mediocampo, hasta que un día faltó un defensa en una selección juvenil.

Quizás aquel comienzo terminó marcando su manera de jugar. Figueroa no necesitaba correr detrás de la pelota: aprendió a anticiparse, leer el juego y convertir la técnica en su mejor recurso. Así construyó un estilo elegante y efectivo que lo llevó desde Valparaíso a la Roja, Uruguay y Brasil, donde se convirtió en ídolo.

Elegido tres veces consecutivas como el mejor futbolista de América en los setenta, protagonizó en Internacional de Porto Alegre el Gol Iluminado, un cabezazo que quedó en la historia del club. Pero los títulos son solo una parte de su historia. En 22 años de carrera nunca fue reserva, fue capitán y disputó tres Mundiales, sin abandonar su estilo de juego.

Lo que permanece es una manera de entender el fútbol: saber cuándo avanzar, cuándo esperar y cómo hacer que la inteligencia pese tanto como la fuerza. Elías Figueroa llevó ese juego por las canchas de América y dejó una certeza que sigue vigente: para hacer historia, a veces no hace falta correr más, sino saber exactamente hacia dónde ir.

Fuente: La Tercera

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