El sonido de la campana que abre una jornada en Wall Street marcó, en 1994, un momento inédito para la industria vitivinícola chilena. Viña Concha y Toro se convirtió en la primera viña del mundo en transar sus títulos en la Bolsa de Nueva York. Detrás de aquella operación había algo más que una decisión financiera: la convicción de que una empresa nacida en Chile podía jugar en las grandes ligas del mundo.
Eduardo Guilisasti Gana conocía el negocio desde sus raíces. Ingresó a la viña en 1978 en el área de ventas, trabajando junto a su padre y desarrollando la red de distribución en Chile. En 1989 asumió la gerencia general y desde allí acompañó la transformación de la compañía, que pasó de ser una viña reconocida en Chile a construir una plataforma vitivinícola con presencia en mercados de los cinco continentes.
Aquella vocación internacional se expresó en la expansión de sus marcas, en nuevas alianzas y en una estrategia que convirtió el origen chileno en parte de su identidad global.
Tres décadas después de aquella campana en Nueva York, el sonido parece regresar de otra manera: en el descorche de una botella que puede escucharse en Chile y el mundo. Entre ambos sonidos transcurre la historia de un ejecutivo que comenzó vendiendo vino en su tierra y aprendió a mirar más allá de sus fronteras.
