Antes de llenar escenarios, Ana Tijoux llenaba cuadernos. Desde sus primeros años en Francia, escribía ideas, recuerdos y preguntas que más tarde encontrarían ritmo en el rap. Cuando regresó a Chile en 1993, esa escritura encontró un lugar donde crecer y una escena que estaba cambiando.

A mediados de los 90 comenzó a rapear con Makiza y abrió camino en un género donde las voces femeninas eran la excepción. Su manera de escribir —íntima, crítica y profundamente personal— ayudó a darle una identidad distinta al hip-hop chileno.

Quizás ese sea su mayor sello. Ana Tijoux convirtió la palabra en una forma de abrir camino. Lo hizo cuando irrumpió en una escena dominada por hombres, cuando defendió la dignidad de quienes eran reducidos a un estereotipo y cuando llevó una historia profundamente chilena a escenarios de todo el mundo. Su voz no solo cruzó fronteras: ayudó a ensanchar el lugar desde donde otras también merecían ser escuchadas.

Somos Ana Tijoux.
Somos Chile.