Las leyendas chilenas dialogan con relatos de distintas culturas del continente, revelando valores universales como el respeto por la naturaleza, la espiritualidad y la conexión con lo ancestral.
Las leyendas hablan de los pueblos y conservan siempre un mismo hilo: el respeto por la tierra y por los espíritus que la habitan. En Chile, la tradición mapuche reconoce a los ngen, “guardianes” del bosque, del agua o de los cerros; en el mundo andino, los apus (espíritus tutelares de las montañas) y la Pachamama, madre tierra, ordena la relación entre personas y naturaleza. Esa cosmovisión compartida explica que relatos de distintas latitudes latinoamericanas se reflejan entre sí: cambian los nombres y los escenarios, pero permanece la idea de una naturaleza viva con la que convive la reciprocidad.
En el norte de Chile, el Alicanto, ave de brillo metálico que “come” oro y plata y cuyo resplandor delata vetas, premia a los buscadores honestos y extravía a los codiciosos, figurando como guardián de tesoros del desierto.
A su modo, en Colombia el Mohán, espíritu del río Magdalena, habita pozas profundas y cuevas, protege el curso de las aguas y advierte contra prácticas dañinas (como depredar peces pequeños), recordando que los ríos tienen memoria y dueño. En ambos relatos, lo “oculto” de la naturaleza se resguarda cuando media una relación respetuosa con el territorio: la riqueza no es solo recurso, es responsabilidad compartida.
En las costas de Chile, la Pincoya personifica la fertilidad del mar: según la tradición chilota, su danza anuncia abundancia o escasez de peces al mismo tiempo que recorre las playas del sur como figura protectora de las aguas. Al otro lado del Atlántico, con expresiones afro-atlánticas, Yemayá es madre de las aguas y dadora de vida; su devoción se expandió en en el Caribe y Brasil, donde se la venera como guardiana de los ríos y mares.
En ambos imaginarios, el océano no es sólo paisaje: es sujeto vivo que exige respeto, cuidado y reciprocidad, una ética compartida que permite poner en diálogo estas leyendas sin perder su singularidad cultural.
En los bosques del sur de Chile, el Trauco es una de las figuras más conocidas de la mitología chilota. Se le describe como un pequeño ser del bosque, de apariencia rústica, cuya mirada o presencia puede embrujar a quienes lo encuentran. Representa la fuerza misteriosa de la naturaleza y encarna las creencias de un territorio donde conviven tradiciones huilliches y cristianas.
En la cordillera andina, especialmente en Perú y Bolivia, aparece el muqui, duende de las minas que personifica el mundo subterráneo. Es guardián de los minerales y protector de los mineros, a quienes premia o castiga según su respeto por la tierra. Ambas figuras recuerdan que la naturaleza tiene espíritu, y que el equilibrio con ella depende de la reciprocidad y el respeto.
Las leyendas son una parte esencial de la identidad cultural de cada país. En ellas se conservan las creencias, los valores y las formas de entender el mundo de distintas comunidades. Transmitidas de generación en generación, estas historias no sólo explican fenómenos naturales o hechos misteriosos, sino que también fortalecen el sentido de pertenencia y la memoria colectiva.
En Latinoamérica, donde lo ancestral convive con lo moderno, las leyendas siguen siendo una manera de mantener viva la conexión con nuestras raíces y de reconocer la diversidad que nos une como región.